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Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación nos invita a reflexionar sobre cómo producimos y consumimos los alimentos, y sobre el impacto que estas decisiones tienen en el medio ambiente. En este contexto, los productos ecológicos suelen asociarse con una producción más sostenible, mayores valores nutricionales, estándares de calidad más exigentes y más sabor. Pero ¿hasta qué punto son ciertas estas ideas?
Comer contamina
La producción de alimentos y su distribución requieren recursos naturales, como agua y energía, y generan emisiones que contribuyen al cambio climático. Según un estudio de The Lancet, la producción de alimentos provoca el 30% del efecto invernadero del planeta.
El interés por la producción ecológica se refleja también en la evolución de su mercado en España. Según el informe anual de Ecovalia, el valor del mercado ecológico español alcanzó los 3.250 millones de euros en 2025. Además, España mantiene su posición como líder europeo en superficie dedicada a la producción ecológica, con más de tres millones de hectáreas, lo que sitúa a este modelo productivo entre las alternativas presentes en la transición hacia una alimentación más sostenible.
¿Cuándo un alimento es considerado ecológico?
El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de España define la producción ecológica como un “sistema de gestión y producción agroalimentaria que combina las mejores prácticas ambientales junto con un elevado nivel de biodiversidad y de preservación de los recursos naturales, así como la aplicación de normas exigentes sobre bienestar animal, con la finalidad de obtener una producción conforme a las preferencias de determinados consumidores por los productos obtenidos a partir de sustancias y procesos naturales.”
Dicho de otra forma, la producción ecológica implica dos aspectos fundamentales:
- Gestión y producción respetuosa con el medio ambiente: queda prohibido el uso de fertilizantes y pesticidas sintéticos; se fomenta la rotación de cosechas, alternando distintos tipos de cultivo en un mismo campo para que los nutrientes se fijen mejor al suelo; se prohíbe la producción de alimentos transgénicos porque pueden contribuir a un empobrecimiento de la biodiversidad; se intenta que todos los recursos utilizados para fertilizar los campos y alimentar a los animales provengan de lugares próximos a las explotaciones donde se usan.
- Bienestar animal: se prohíbe el uso de antibióticos en animales de forma preventiva (solo se podrán usar en caso de enfermedad) y se prohíbe el hacinamiento (se los cría parcialmente al aire libre, en libertad o semilibertad).
La idea de fondo es renunciar a una serie de productos y prácticas, a fin de proteger el medio ambiente y a los animales, en contraposición con la producción industrial que busca obtener la máxima rentabilidad y productividad.
La base legislativa es el Reglamento (UE) 2018/848 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 30 de mayo de 2018, sobre producción ecológica y etiquetado de los productos ecológicos. En el caso de España, los Comités de Agricultura Ecológica de cada Comunidad Autónoma, junto a la Comisión Reguladora de Agricultura Ecológica (CRAE) del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, son los responsables de otorgar el certificado que distingue a los productos ecológicos.
¿Elegir productos ecológicos es siempre la mejor opción?
Tener información sobre las condiciones de producción de los alimentos que consumimos en nuestras casas y restaurantes es fundamental para poder reducir nuestro impacto en el medio ambiente. Por supuesto, elegir aquellos alimentos que alteren en menor medida el ecosistema siempre va a ser buena opción.
No obstante, tenemos que saber que la producción ecológica no implica una mayor calidad de los alimentos ni un mejor sabor per se. No se ha demostrado que los alimentos eco sean más nutritivos que los producidos de manera convencional, ni tampoco que sean más saludables. Es más, la propia legislación prohíbe expresamente anunciar los productos ecológicos como más sanos.
También es muy importante comprobar en la etiqueta su procedencia. Imagínate: un kiwi que proviene de Nueva Zelanda; por muy ecológica que haya sido su producción, el transporte desde allí implica una huella de carbono muchísimo mayor que otros kiwis producidos en España. Por este motivo, la Comunidad de Madrid está intentando potenciar los productos kilómetro cero o de proximidad; en sus palabras, “no solo ayudan al cuidado del medio ambiente, sino también al desarrollo de las zonas rurales, al equilibrio territorial y a la cohesión social”.
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